Escrito por Gallego el 05 Junio 2006

Siempre me ha gustado el humor surrealista y aparentemente carente de sentido, pero al mismo tiempo inteligente y rebuscado. Eso es algo que hoy en día parece haberse pasado de moda, pero que hace un par de décadas vivió una época de verdadero esplendor, entre cuyos máximos representantes se encuentra el desquiciante Woody Allen.

Precisamente esta obra de 1975, uno de sus primeros trabajos “totales” (guionista, director y protagonista, ahí es nada), es uno de los mejores ejemplos de ese tipo de humor tan particular. Para la gente habituada a la burda comedia que hoy se estila, chistes basados en incomprensibles discusiones filosóficas, monólogos desquiciantes, reflexiones absurdas y situaciones inexplicables les resultará de todo menos graciosa. Pero yo sin embargo puedo decir que viéndola me lo he pasado verdaderamente bien, como no disfrutaba desde hacía tiempo con una película.

Para los que ya conozcan el trabajo de Allen, no les resultará extraño encontrarse con sus habituales dilemas sobre la muerte, el sexo y el poder, todo ello ambientado en la Rusia de las guerras napoleónicas. Boris Grushenko es un cobarde campesino ruso enamorado de su prima Sonja (interpretada por la siempre excelente Diane Keaton) que se ve obligado a marchar a combatir contra las tropas francesas, y que por un golpe de suerte se convierte en una especie héroe nacional. Después de ello, se verá coaccionado por su amada para atentar contra la vida de Napoleón, lo cual irá ocasionando una serie de situaciones a cual más paranoica.

Todo ello narrado desde ese punto de vista tan particular que estila este director, combinando a un tiempo frases tremendamente inteligentes con idioteces del tamaño de un piano. Esos mismos contrastes se extienden al resto del filme, especialmente en lo que al argumento se refiere, pues habrá momentos en que pensemos que la historia ha perdido la poca lógica que parecía tener. Y no tiene sentido buscárselo, porque no se lo vamos a encontrar.

  • Valoración final:
  • Una película sin una intrincada trama ni mucha coherencia que digamos, pero que hará que todos aquellos que gustamos de cómicos como los hermanos Marx o los Monty Python pasemos un buen rato de risas. Un cine muy particular, pero tremendamente genial.

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